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viernes, 6 de marzo de 2015

La Carta del Guerrero





Mi querida Rebelde:

       Eres sensible - demasiado sensible, si aquí se pudiera aplicar el término “demasiado” - y eso te da un Mundo Interior mucho más vasto, intenso y valioso… pero, también, te hace vulnerable, ya que quien más puede sentir (y dar) es, al mismo tiempo, quien más puede sufrir al abrirse y verse herido por aquellos a quienes ofrece su Amor.
       Créeme que lo sé muy bien…
       Te has visto herida y defraudada una y otra vez, no logrando hallar un Amor que te llene ni un Hombre capaz de protegerte, con lo que has llegado al punto de desconfiar de todo y de todos, terminando por endurecerte - más en apariencia que en la realidad - y disfrazarte de lobo entre los lobos, ocultando tu soledad en la violencia del Combate contra quienes no lograban llenar tu vacío interior.
       Eres una Mujer dulce - y frágil - bajo la pesada armadura que te da la apariencia de un fiero guerrero y te encuentras en medio del Campo de Batalla… y la misma armadura que llevas - por su peso y rigidez - fatiga tus músculos y lastima lo delicado de tu piel, que no se hizo para el combate… sino para las caricias.
       Para tu desgracia, tu “solución” te ha forzado a combatir contra quienes se acercaban a ti por uno u otro motivo y - en tu afán de “probarlos” - has luchado con tal fiereza que ahora te encuentras rodeada de cadáveres.
       Quieres - desesperadamente - hallar alguien más fuerte que tú… alguien capaz de protegerte y permitirte ser todo lo Mujer que eres, pero, al luchar, has visto cómo iban cayendo tus oponentes uno tras otro, a pesar de lo impresionante de sus bruñidas armaduras.
       Por eso, ahora te encuentras desconcertada al enfrentarme, pues yo - a pesar de estar en medio de la Batalla - no uso armadura alguna y no desenvaino ante ti… porque - a través de las rendijas de tu yelmo - he sabido adivinar la belleza de la Mujer que esconde.
       Y tú, embriagada de sangre y enfurecida por la inclemencia de tu posición y el doloroso fracaso de tus repetidas “victorias”, te has lanzado contra mí, buscando destruir de una sola vez este nuevo recuerdo de tu terrible soledad en medio de quienes no tuvieron la fuerza para conquistarte.
       Sin embargo, ya te vas dando cuenta de que, aunque mantenga enfundada mi Espada, no estoy desarmado, ni mucho menos… y los planazos de mi vaina resuenan dolorosamente sobre tu armadura, remeciéndote y dificultándote el mantener tu posición de combate.
       Has querido enfrentarme… y - ya lo ves - he aceptado tu Reto; pero, mientras tú me atacas con tu Mandoble, intentando probar lo que no eres, yo - con mis planazos - voy, poco a poco, desarmando tu pesada armadura en una forma de lucha que no alcanzas a comprender.
       Ya tus brazos están fatigados con el peso de tu propia Espada y tu armadura se ha ido desvencijando hasta exponer parte de tu cuerpo a los golpes que podrían realmente dañarte… pero yo sigo batiendo únicamente tu armadura, cuidando de no herir tu piel descubierta.
       Tú embistes, te enfureces y vuelves a atacar en tu desesperada lucha, mientras yo esquivo y desvío tus golpes, permaneciendo ante ti sin huir ni atacarte realmente, limitándome a darte un buen sacudón en la armadura cada vez que me atacas, para luego esperar y contemplarte.
       Iniciaste tu lucha buscando un Paladín que te protegiera, pero ahora - después de tantos fracasos - todo propósito se ha borrado de tu mente y ya no sabes cómo dejar de luchar.
       Sin embargo, está surgiendo en ti un recuerdo que es - a la vez - temor y deseo, ya que estás tomando conciencia de que yo puedo ser aquél que logre derrotarte y - habiendo sido herida tantas veces - no logras comprender por qué espero que tú misma te me rindas en vez de atacar y avasallarte.
       Mientras tu acero corta inútilmente el aire, las lágrimas contenidas durante tantos años corren - ocultas por tu yelmo - nublando tu visión… y yo continúo frente a ti esperando.
       Lo que espero no es tu siguiente ataque, sino el momento en que - entendiendo contra quién combates y lo absurdo de tu resistencia - arrojes lejos tu Espada y, desatando tus atalajes, dejes caer al suelo esa cruel armadura que tanto te daña, mostrándote en desnuda rendición.
       Entonces podré ceñir tu talle, recogiéndote de entre la pesada chatarra a la que te habías atado, y te pondré a mi lado izquierdo, cerca de mi corazón, para sacarte de allí.
       Entonces - y sólo entonces - me podrás ver desenvainar la Espada que llevo para protegerte, mientras te estrecho junto a mí y - recién - comprenderás el verdadero sentido de mi forma de lucha contigo… y de mis largas y repetidas esperas.
       He venido para llevarte conmigo… pero no como botín de guerra, sino como a una persona muy amada a la que se daba (casi) por perdida y, al fin, se logra rescatar.
       Aún con los planazos que me obligas a darte, te voy acercando al Campamento… aunque tú - enfrascada en tu aterrorizada lucha - no logres darte aún cuenta de ello.
       Mis planazos - y mis pausas - son para lograr que reacciones y dejes de dañarte a ti misma… pues mi Lucha es por ti, y, si a veces no lucho - o, si antes tuve que sufrir el contenerme y no luchar - todo esto es tan sólo para asegurarme de rescatarte sin hacerte daño.
       En cuanto dejes de resistirme, podré, al fin, llevarte al Campamento para que descanses y te repongas del esfuerzo con el que casi lograste dañarte en forma permanente.
       Allí - una vez que despiertes de tu afiebrado delirio - lograrás, por fin, volver a ver las cosas en su adecuada perspectiva y recuperarás tú Corazón de Mujer.
       Entonces, te pondrás en pie frente a mí sin armas ni armadura, sin nada que te disfrace o encubra, mostrándote tal y como eres, sin avergonzarte de la pureza de tu desnudez.
       Entonces, tus manos se me ofrecerán unidas en un gesto de total Entrega… y yo te recibiré envolviendo con suavidad y cuidado tus manos en las mías para acercarte a mí y proclamarte por siempre mía.


Y tú verás lo que es un Guerrero…
y yo veré en ti el Descanso del Guerrero.

sábado, 3 de enero de 2015

El Lamento Del Guerrero


Hermano GuerreroHermano Guerrero:

     ¡Por todos los Dioses! ¿Qué han hecho contigo...? ¿Qué te ha llevado a cambiar tu armadura por un jubón de niño y a atacar enloquecido a los que aún nos mantenemos firmes? ¿Es que ya ni siquiera reconoces a quienes fuimos tus compañeros de armas? Esto, sin duda, debe provenir un horrible maleficio lanzado por las brujas que ahora nos atacan desde todos lados, convirtiendo a los defensores en enemigos y envenenando a sus víctimas para lograr que actúen tan insidiosamente como ellas.

Badani - Escala     ¿Ya no recuerdas cuando nos pusimos en pie y recibimos nuestras armas para asumir nuestro Destino Viril al atrevernos a pasar de protegidos a protectores...? Todo comenzó cuando estuvimos, al fin, preparados para cruzar el Umbral de la Responsabilidad, dejando de ser niños para convertirnos en adultos. Luego siguió una larga y dolorosa preparación para la lucha, enfrentando temores y soportando penurias hasta cruzar el Umbral del Valor y convertirnos en Guerreros. Pero un Guerrero puede también ser un malvado bandolero que abuse de su fuerza para dañar a quienes debía proteger, de modo que tuvimos que comprender y asumir nuestra responsabilidad moral, cruzando el Umbral del Honor para convertirnos en Caballeros. Llegados a ese punto, sólo quedaba la Decisión final... El Voto de darlo todo por aquéllas que se confiasen a nuestra protección, con lo que nos llevó a cruzar el Umbral del Sacrificio para convertirnos en Paladines. Y todo esto nos comprometía a cumplir nuestro deber sin tregua ni descanso... un deber duro, agotador por cierto, pero al que nos animaba la visión de la felicidad de aquéllas a quienes lográsemos rescatar.

     Sin embargo, todo Guerrero alberga la esperanza de — algún día feliz — poder encontrar a aquella mujer que no sólo se acoja a la protección de su espada, sino que se entregue totalmente a él, suplicando pertenecer, seguir y ser el descanso y placer de aquél que ha demostrado ser su Paladín. Y allí yace el milenario Secreto de la Felicidad Eterna que los Antiguos conocían desde los tiempos más remotos: La Mujer entrega su vida al Hombre en forma total e incondicional, dando un ejemplo vivo de Amor, lo que da un toque de suavidad a la dureza de él y le enseña las delicias del Amor sin límites. Y — equilibrando la balanza — el Hombre está entonces dispuesto a dar la vida por aquélla que le ha entregado hasta su propia vida a él, y hará cualquier sacrificio por protegerla, enseñándole el verdadero significado de la Fuerza Viril. Con esto, él se convierte en el Escudo que protege el Corazón del Hogar y ella es la Vaina que envuelve a la Espada en su suave obscuridad para que conserve su filo.

     Pero la función de un Paladín no es luchar por luchar, sino usar su espada para proteger a las doncellas... y decapitar a las brujas que amenazaran con envenenarlas. Y esto último es lo que pareces haber olvidado al enfrentar brujas que te han convencido de que son doncellas; de modo que tú, ahora, ya no logras distinguir a las unas de las otras... de no ser así, no te hubieras rebajado hasta ofrecer tu espada al servicio de aquéllas a quienes antes combatías. Por desgracia, ese discernimiento es imprescindible a tu función de Paladín pues, al asumir tus Votos y al recibir a la que se proclamó tuya juraste protegerla de todo y de todos... y eso incluía el protegerla de sí misma cuando se viese confundida, pues es entonces que tu Fuerza Viril debe proporcionar la Firmeza que impida que ella se extravíe y tropiece. Pero ya no pareces entender ni eso, de modo que déjame recordarte el por qué de tu cargo de Paladín y el profundo sentido de tus Votos de Hombre...

     La Mujer, en su inicio animal, es toda Carne. La manejan sus emociones e instintos. Nunca será capaz de razonar fríamente como tú lo haces pues su mismo cerebro no está capacitado para hacerlo. Esto la pone, sin embargo, más cerca del “aquí y ahora” y la abre a la Naturaleza que la rodea — y al Placer que su cuerpo encierra para dar y recibir — en una forma que tú jamás podrás imaginar. Y la Mujer se hace realmente humana cuando antepone su Corazón a su Carne y logra que sus sentimientos dominen a sus instintos, lo cual ocurre con el despertar del Amor... y eso sólo lo puede producir el Hombre que habrá de poseerla y gobernarla por el resto de su vida. Pero su animal humano sigue allí, al acecho, y la hace perder a menudo las riendas, a menos que tenga a su lado quien la controle y proteja de sí misma, pues una Mujer, cuando la invade la furia, es capaz de destruirse a sí misma y a los suyos con tal de dar rienda suelta a su rencor. Por eso la Mujer requiere del control constante de un Hombre capaz de gobernarla... lo cual obliga a ser más fuerte que ella para conquistarla primero y protegerla después.

     Por otro lado, el Hombre, en su inicio animal, es todo Mente. Busca lo práctico y lo provechoso, y elabora planes sistemáticos para alcanzar sus metas. Razona fríamente — demasiado fríamente — y, al hacerlo, puede llegar a “desconectar” sus emociones... y esa es su mayor debilidad. Porque lo único que hará humano al Hombre es — como en la Mujer — el toque del Amor, el cual habrá de aprender con el ejemplo de abnegación y entrega que verá en la Mujer. Ese ejemplo que vio primero, como niño, en su Madre... y ese ejemplo que habrá de encontrar en la que llegue a ser su Compañera para toda la vida. Con eso, el Hombre verá la trascendencia de las cosas y su Visión de Hombre se abrirá a ver un Sentido superior en el Universo, con lo cual su Mente práctica dejará paso a una comprensión profunda de lo Espiritual que lo llevará a una Unión trascendente, total y definitiva con la Mujer, tal como en el Universo la Unión de lo Masculino y Femenino es la Fuente de la Vida y el Gozo para todos los seres.

     Pero, para lograr la Unión perfecta, cada cual debe cumplir el Rol Natural que le corresponde, pues el Universo no tiene lugar para lo forzado y artificial que sólo contaminan nuestro hábitat y envenenan a todos los seres que lo habitan. Y allí es donde el Paladín es indispensable para conservar el Orden y el Equilibrio que permiten la supervivencia de la Sociedad Humana... y hasta del Universo mismo. ¿También has olvidado el concepto de Cosmos...? Los griegos sabían muy bien lo que decían al referirse a nuestro Universo con ese término que — específicamente — significa “orden” o “estructura”. Porque el Orden Natural expresa la Voluntad de los Dioses que crearon este Universo y es ese mismo Orden Natural el que lo mantiene funcionando. Cuando el Orden Natural se pierde, la Tierra se contamina y todos los seres vivos sufren debido a ello. Igualmente, cuando el Orden Humano se pierde o — peor aun — se trastroca, invirtiendo los Roles de Varón y Hembra, la Humanidad sufre los estragos de la mezquindad y violencia. Porque cuando las brujas logran que las mujeres — tanto las casadas como las doncellas — olviden los méritos y gozos de su delicada femineidad y dulce sumisión, sólo quedan rebeldía y rencor...

     Hermano Guerrero, no te juzgo ni te condeno... soy tu Hermano, un Guerrero como tú alguna vez lo fuiste. Comprendo el sufrimiento y la desesperanza que te han llevado a este estado de locura desesperada, porque... ¿Qué debe hacer un Paladín cuando quienes se alzan contra él son los mismos que él ama y luchó por proteger? ¿Cómo alzar tu espada contra tus propios hijos e hijas, envenenados por su madre — ahora una bruja — para despreciarte y atacarte? ¿Cómo cortar la cabeza de aquélla a quien amaste tanto como para desposarla y protegerla durante tantos años? ¿Cómo defenderte de ellos sin dañarlos...?

     La situación es dura y difícil, lo entiendo. Pero tu actual posición de darte por vencido te está llevando hasta la deshonra de convertirte en un rastrero seguidor de quienes envenenaron a los tuyos con su insidioso veneno en tu inútil afán de volver a unirte a ellos. Ese, definitivamente, no es el modo correcto, pues, aun si tuvieras el dudoso “éxito” de volver a ser recibido por quienes te arrojaron fuera, sería en términos de deshonra que no sólo te convertirían en un triste títere, sino que inculcarían en tus hijos la imagen opuesta a lo que ellos deben ser. Con eso, refuerzas la cruel victoria de las malvadas brujas y agravas el envenenamiento de los tuyos al no sólo rendirte, sino convertirte en el mismo mal que destrozó tu familia.

     La solución no es esa... ¡la solución es seguir luchando! Seca tus lágrimas, que son indignas en rostro de Varón, y llora a solas o entre tus Hermanos Guerreros. Ponte en pie, liberándote del lodo pegajoso y fétido con el que tu autocompasión te detenía. Flexiona tus músculos, ponte de nuevo tu armadura y afila tu espada para la batalla. Entonces, párate firme ante los tuyos y diles: “¡No más!” No los ataques, pero no toleres más ataques. Cuando te ataquen, ignóralos y déjalos solos, batiendo ridículamente el aire. Si no puedes esquivarlos, sacúdelos con un planazo de tu espada y conserva tu posición.

     Sobre todo, no dejes de recordarles quién eres tú... y quiénes son ellos. Recuérdales de tus luchas por su bienestar, de tus sacrificios y sufrimientos por su causa, de tu Amor que te hizo su Paladín. Pero no se los recuerdes con angustia ni súplicas... hazlo con la fuerte firmeza que caracteriza a un Guerrero. Declara... no expliques ni justifiques. Y, sobre todo, no permitas que esa mujer a la que una vez amaste — ahora convertida en bruja que tiene a tus hijos en rehén — logre convencerte que los errores de ella fueron culpa tuya, porque cada uno es responsable de sus propios actos y ella misma eligió su actual destino.

     Si actúas así, tal vez aún estés a tiempo de rescatar a tu Familia... o, al menos, a algunos de ellos. No te garantizo nada, pues este Veneno inhumano intensifica sus efectos con el paso del tiempo y, si has esperado demasiado, es posible que ya sea tarde. Pero, si no obtienes resultados, no te quedes allí. Haz una Oración Fúnebre por quien alguna vez amaste... y continúa tu Camino, espada en mano, como el Paladín que juraste ser.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Varón-Hembra


Pasaje de la Ponencia 
El Sentido De La Filosofía
presentada por Ricardo A. Badani
el 3 de Agosto del 2000
en el VIII Congreso Nacional de Filosofía
realizado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos


     Dentro de la Realidad Familiar, el Orden Universal se aplica como reflejo de la Esencia de lo Trascendente en la Unión Creadora del Hombre y la Mujer, donde los Hijos (de haberlos) son la Manifestación de sus Padres.

     Aquí es importante analizar no solamente la Relación Padres-Hijos —fácilmente asimilable con la de Creador-Criaturas— sino también la Relación Varón-Hembra…

     En este sentido, lo primero a hacer es comprender —y aceptar plenamente— la existencia de dos sexos claramente complementarios y diferenciados —tanto en lo fisiológico como en lo psicológico, y hasta en lo anímico y espiritual— como expresión primaria y esencial de la Naturaleza Humana (y del Orden Natural de lo Humano).

     Esta aceptación incluye comprender que esta diferenciación de Roles Naturales surge de la diferenciación misma —fácilmente demostrable en todos los campos— de Varón y Hembra. Cabe aquí aclarar que, si bien actualmente se insiste tanto en el punto de que los Roles Sexuales son “culturalmente aprendidos” (ignorando deliberadamente las muy claras diferencias naturales), nunca se menciona que —nos guste o no— todo Rol Social es siempre inculcado (aprendido) de una manera u otra, ya que el aprendizaje de los Roles es una parte esencial del desarrollo del niño.

     El hecho de que el hombre sea viril y protector permite a la mujer sentirse segura y poder desarrollar plenamente su Rol Natural, al poder dedicarse no sólo a la formación adecuada de la prole, sino también a generar —y mantener— un ambiente agradable y propicio al descanso en el hogar. Esto es extensivo a los hijos, al permitirles desarrollarse en un ambiente de seguridad y con posibilidades de crecimiento personal.

     Igualmente, el hecho de que la mujer sea femenina y delicada no sólo la dispone mejor para sus papeles de Compañera y Madre, sino como elemento decisivo para disminuir los roces entre los integrantes de la familia; además, estimula más al hombre a esforzarse por el bienestar de su familia, hallando en el hogar el descanso necesario para reponerse y volver a la lucha diaria.

     El equilibrio se obtiene así —en la relación natural— a través de la voluntaria entrega de la Pareja: La Mujer se entrega (directamente) al Hombre y el Hombre se entrega (a las vicisitudes de obtener el sustento diario) por la Mujer.

     Esta relación podemos simbolizarla en las imágenes del Paladín (por vocación propia) y la Esclava (que por sí misma elige serlo): El Heroísmo del Paladín lo lleva a estar dispuesto a dar hasta su propia vida por la Mujer que ama, mientras la Abnegación de la Esclava la lleva a entregarse plenamente al Hombre que ama.

     La Relación Padres-Hijos, por su parte, es —o debería ser— un reflejo de la relación entre el Logos y su Manifestación. Esto también puede asemejarse a la relación entre los Dioses (los Padres) que dictan el sentido y la dirección del Universo (en este caso, el Hogar), y sus Criaturas (los Hijos), sujetas a su voluntad, que les deben respeto y obediencia.

     Aquí habría que recordar que el concepto mismo de “respeto” exige un enfoque de subordinación, esto es, el reconocimiento de una cierta autoridad (moral o de otro tipo) por parte de la persona respetada. Este respeto bien comprendido es la esencia misma del amor filial del cual ya hemos hablado antes.

     Antes de dejar el tema de la Filosofía Familiar, quisiéramos enfatizar lo que suele muchas veces pasarse por alto hoy en día: Los niños no son —de ningún modo— “adultos pequeños” que deban ser tratados como tales, pudiendo demandar por sí mismos sus “derechos”… Los niños son niños y requieren de la protección y el tutelaje de los padres, quienes deberían ser los únicos en decidir la forma y orientación de su formación, ya que ellos son —o deberían ser— quienes asumen la plena responsabilidad por los mismos. Aquí también estaría el reflejo de lo natural.

viernes, 7 de febrero de 2014

Rescatando el Matrimonio



     Obviamente, nadie quiere fracasar en el amor; y por ello, debemos empezar por entender que una pareja se compone de dos personas –esto es, una mujer y un hombre– que son como dos pueblos distintos. Para aclarar el punto, utilizaremos un sencillo ejemplo:

     Supongamos que el pueblo de Fémina quiere que exista un puente de comunicación con el pueblo de Andros, o viceversa.

     En este caso, sabemos que Fémina tiene interés, pero de Andros no sabemos aún nada.

     Existen, por lo tanto, tres posibilidades en una situación como la que aquí planteamos:

      Que Fémina le pida a Andros que construya todo el puente, lo cual podría ocurrir... o simplemente no ocurrir jamás.

      Que Fémina proponga que se construya el puente mitad y mitad, lo cual podría suceder... o quizás la gente de Fémina, se quede varada a la mitad esperando que los de Andros construyan su parte.

      Que Fémina construya todo el puente independientemente de lo que haga Andros, lo cual asegura que exista, al menos, un puente entre los dos pueblos y, con un poco de esfuerzo, existirán dos.

     Vemos así que la única forma que tiene Fémina de lograr asegurar la existencia del puente que desea... es asumir ella toda la responsabilidad. Si entonces Andros demuestra interés, las cosas se facilitarán enormemente; pero, aún si no lo hace, Fémina obtendrá –de todos modos– el puente deseado.

     Así como en los imaginarios pueblos de Fémina y Andros, el éxito en la relación de pareja, depende de que al menos uno de los dos tenga real interés y esté dispuesto a hacer el esfuerzo completo por salvar la Relación.

     El primer paso para mejorar una relación de pareja, es comenzar por reconocer que únicamente podrás alcanzar tu objetivo asumiendo tú todo el esfuerzo, independientemente de si el otro lo hace o no, sólo así podrás alcanzar el éxito y obtener los frutos que –te aseguro– no tardarás en gozar; pues no hablamos aquí de luchar por luchar, sino de hacer un esfuerzo –por grande que éste sea– a fin de poder obtener la relación satisfactoria y perdurable que deseas.

     Tal vez, a estas alturas, ya estarás pensando "¡Eso es injusto! ¿Por qué debo hacerlo yo todo y no solamente mi parte?".

     No puedes contar con que tu pareja haga todo el esfuerzo, ni siquiera puedes saber si recorrerá la mitad del camino; por lo tanto, mejor asegúrate de que –de cualquier manera– lograrás alcanzar tu objetivo y, tal como afirma el conocido dicho, "Si la montaña no viene a Mahoma... ¡Mahoma deberá ir a la montaña!".

     Aquí no hablamos de un estoico sacrificio, sino de invertir amor para obtener una relación de amor satisfactoria y perdurable.

     Es tiempo ya que dejemos la absurda idea de que una relación de pareja no es más que un contrato, en el cual cada uno de los socios vela por sus propios intereses, y asume tan sólo "lo que le toca"... siempre y cuando el otro también haga "su parte", porque "eso es lo justo".

     Dejémonos, por tanto, de considerarnos las "víctimas de las circunstancias" con preguntas tan absurdas –por no decir idiotas– como: "¿Por qué me pasa todo esto a mí?", y empecemos a preguntarnos: "¿Qué errores estoy cometiendo yo, para que me esté sucediendo esto?".


     El primer paso es empezar por entender que hombres y mujeres somos distintos, pensamos distinto y sentimos distinto.

     Hablemos claro:  Los matrimonios mueren, generalmente, en la cama , pues es allí donde hay –o debería haber– un tipo de entrega y comunicación que está más allá de las palabras. Quizá lo entendamos mejor si usamos el término Bíblico para las relaciones sexuales, el cual, peculiarmente es "Conocer".

     En efecto, podemos fácilmente comprobar que es, en las relaciones sexuales, donde –tarde o temprano– ambos se muestran tal y como son y, por tanto, donde puede producirse un mayor nivel de integración... o de separación.

     Estamos de acuerdo en que el sexo es natural e inherente en el ser humano, pero ser expertos en el arte de amar con el cuerpo y tener relaciones plenamente satisfactorias requiere de un aprendizaje muy concreto para desarrollar tanto la resistencia física, como la parte técnica, tal como un pianista requiere prepararse con ejercicios de dedos y técnica antes de poder interpretar correctamente una pieza, expresando el adecuado sentimiento.


jueves, 9 de enero de 2014

Diferencias físicas entre Hombre y Mujer




     Diariamente escuchamos la absurda cantinela de que hombres y mujeres somos iguales... Esto, definitivamente, ¡no es así! Lo que tenemos en común hombres y mujeres es, básicamente, ser miembros de la raza humana; por lo demás, no somos iguales, ¡somos complementarios!

     Viendo el cuerpo de la mujer y del hombre, las diferencias son abismales, desde los huesos que en el hombre son más porosos, más gruesos, más resistentes; en la piel, el PH es distinto, la textura misma, por lo tanto, es distinta; los vasos linfáticos y sanguíneos son de mayor calibre en la mujer; el sistema nervioso posee más polisensores (que registran sensaciones y placer) en la mujer, y muchos más nociperceptores (que registran dolor) en el hombre; el sistema inmunológico de la mujer es mucho más fuerte que el del hombre, con lo cual tiene mayor resistencia y hasta inmunidad a determinadas enfermedades; el aparato sensorial de la mujer es mucho más fino, más agudo que el del hombre con lo cual una mujer puede sentir más, discernir más colores, más sonidos, más olores... y así podríamos continuar, sistema por sistema, función por función, parte por parte del cuerpo. Hay una diferencia radical entre hombre y mujer.

     En el mismo cerebro hay una diferencia muy marcada, y aquí está uno de los puntos más críticos.



     Visualicemos las dos mitades del cerebro como si fueran dos secciones de una gran empresa e imaginemos que el lado izquierdo es el departamento que recibe la información y, el derecho es el que la retransmite. Léase, por el lado izquierdo recibimos los datos sensoriales y por el derecho nos expresamos.

     Para que estos departamentos se comuniquen necesitamos líneas de teléfono, es decir, los teléfonos internos de la oficina. En el caso de la mujer, hay entre cuatro y ocho veces más líneas de comunicación (el cuerpo calloso) que en el hombre, es decir, que por el sólo hecho de ser mujer, su cerebro transmite sus sentimientos y los verbaliza en forma mucho más rápida. Pero la oficina también necesita un centro de control (la cresta del hipotálamo), que en el cerebro del hombre es entre doce y dieciséis veces mayor que el de la mujer, con lo cual el hombre tiene un mayor control y tiene una mayor abstracción.

     Estas diferencias son notorias y las podemos ver fácilmente en los niños pequeños cuando recién entran al colegio, ya que muestran una clara desemejanza por sexo...

     Las niñas, aprenden inmediatamente todo lo que es letras –hablar y escribir–, a una velocidad muy superior que el niño; mientras tanto, el varón, en el campo de las matemáticas, geometría y sobre todo, lo que implique abstracción, saca una ventaja bárbara sobre el sexo femenino. Esto también tiene que ver, según se ha demostrado, con la fisiología del cerebro.

     Lo más terrible de esta situación es que, a pesar de que las diferencias son innegables, marcadas y visibles, se haya llegado a tal punto de ceguera ¡que se las niega rotundamente!

     Con solamente ver a un hombre y a una mujer, la diferencia es evidente; sin embargo, hoy en día, nos esforzamos en cerrar los ojos y decir: «¡No! ¡Somos iguales! ¡Una mujer puede hacer lo mismo que un hombre!» y se suele añadir: «¡Y la mujer puede hacerlo mucho mejor!» (Con lo que se invalida, de hecho, la misma igualdad que se aparenta pretender).

     No niego que una mujer sea capaz de realizar una serie de funciones que tradicionalmente hacía sólo el hombre, y que, a su vez, el hombre puede realizar funciones tradicionalmente femeninas; pero lo importante, es no caer en una competencia sin sentido que destroza a nuestra sociedad con una lucha absurda, en la cual parecería que estuviéramos en la ridículamente inmadura actitud de «¡te pruebo que yo puedo más que tú!», en vez de trabajar juntos y hacerlo cada vez mejor.

viernes, 11 de octubre de 2013

La Guerra De Los Sexos • 2ª Parte

Los hombres y mujeres de hoy en día se hallan pagando las duras consecuencias de una guerra generalizada que se inició hace ya más de 200 años... y aún dura. Ella es la principal destructora de hogares y la causante de la infelicidad de millones de seres humanos y el germen de esa tan generalizada sensación de angustia, incomodidad y tensión que a inicios de siglo se conocía como «el vacío vivencial» y actualmente se ha dado en llamar «stress».
Aquí culmina este Artículo sobre esta guerra invisible, pero desoladora.


por Marie N. Robinson, M.D., Ph.D. (1958)

 

Continúa...
 

       Hasta donde el Movimiento Feminista se lanzó en contra de los hombres y, al mismo tiempo, llevó a la mujer a masculinizarse y despojarse de su naturaleza femenina. El Feminismo, desde su inicio, fue (y aún sigue siendo) profundamente neurótico... y venimos cosechando -desde entonces- las terribles consecuencias de la tempestad que desató.
 
       La ira de las feministas estaba en la realidad dirigida contra sí mismas (aunque ellas, muchas veces, no se dieran cuenta de esto)...
 
       Sabemos por ejemplo, que, para dar a luz niños, una mujer debe tener una cierta seguridad, la protección del hombre y un lugar donde permanecer y el matrimonio ha sido la respuesta de la sociedad a esta necesidad femenina desde tiempos inmemoriales. Pero las feministas se colocaron en contra del matrimonio formal: La mujer -sostenían- tenía el derecho, tal como los hombres, de ser promiscua sexualmente y vivir con quien le diera la gana, por el tiempo que ella quisiera. Si quería casarse, debería poder hacerlo, pero también debería tener el privilegio de dar por terminado el matrimonio cuando lo deseara o al cansarse del hombre.
 
       Sabemos, también, que el amor maternal por los niños, particularmente por sus propios hijos, es una de las principales características de la condición de mujer, siendo tan típica de ella como su anatomía femenina y que solamente las mujeres más enfermas mentalmente desertarán o rechazarán a sus hijos. La maternidad está tan profundamente arraigada en el sexo femenino que puede observarse hasta en los animales.
 
       Las feministas en cambio decían que la maternidad era una trampa, un conjunto de falsos valores vendido a la mujer por los hombres a fin de mantenerlas esclavizadas. No se debería permitir que los niños interfirieran de ninguna forma con la nueva "libertad" de la mujer. Las feministas recomendaban, por tanto, poner a los niños en manos de cuidadores "debidamente entrenados". Entonces, surgieron las Guarderías Públicas, los Grupos Pre-kindergarten y todo lo que pudiera dar "libertad" a la madre. Liberar a la madre de sus hijos... ¿para qué? Para trabajar en las oficinas y fábricas como los hombres, por supuesto. Para sustituir a sus maridos por jefes y compartir el "privilegio" de ser contratadas o despedidas. Concretando: Para ser hombres.
 
       Si el espacio me lo permitiera, continuaría... Muy pocas de las primeras feministas de hecho lograron vivir de la manera que tanto prescribían; pero está tan claro como el cristal, que ardientemente lo desearon. En realidad no hubieron tantas feministas en número, pero las que habían, hacían propaganda incesante y al final sus ideales y creencias se convirtieron en los ideales y creencias de millones de mujeres.
 
       Aquí, lo más importante a recordar es que el Credo Feminista desacredita -detallada y conscientemente- las auténticas necesidades y características de la mujer, sustituyendo incluso las metas femeninas por metas masculinas. 
 
       Pero el Movimiento Feminista no era el único frente entre los hombres y las mujeres, era tan sólo el más chillón y el más militante. Sin ser notada, oculta, desconocida aún a las mismas mujeres, la guerra contra la sexualidad femenina, contra el florecer de la verdadera femineidad estaba siendo desarrollada en cada hogar en la tierra. La casta y dignificada heroína de este frente oculto era la mujer puritana, de modales refinados y muy cuidadosa al hablar. Echémosle ahora una rápida mirada...
 
       Su reacción a la pérdida de posición en el altamente creativo hogar familiar, que había precedido a la Revolución Industrial, fue tan violenta como la de las feministas, pero totalmente inconsciente. Se sentía rechazada, se le había quitado su lugar y se habían devaluado sus funciones sexuales y maternales. Ella entonces desarrolló una perfecta técnica para manejar la situación: Simplemente negó la existencia de la sexualidad femenina. El sexo, de acuerdo con ella, era -exclusivamente- una característica masculina; la mujer no lo tenía en su naturaleza. A pesar de que ésta era una forma de venganza psicológica contra el hombre que la había rechazado, ella tuvo un éxito sorprendente en convencer a los hombres en general (incluso a los científicos de su época), que la frigidez era un atributo básico de la mujer. La mujer puritana era, por supuesto, inconsciente de sus propios motivos al afirmar que ella era biológicamente frígida. Ella misma se lo creía enteramente y hay mucha evidencia para indicar que la mujer individual habría sufrido un profundo shock si se hubiera dado cuenta de que no era tan poco responsiva como se le había enseñado que era o como quería ser. Por tanto ella mantenía tales reacciones como un oscuro secreto.
 
       La frigidez como un Artículo de Fe puritano se expresa en la convicción de que la mujer "no debe ser valorada por su sexo" y su influencia aún está muy con nosotros en nuestras actitudes conscientes e inconscientes.
 
       Esta es por tanto la herencia de la mujer de hoy: Por un lado, de la mujer victoriana, una profunda creencia de que ella es, o debería ser no-sexual, frígida por ley natural. Por otro lado, de las feministas, que el hombre es el enemigo natural de la mujer y que ella, por tanto, debería descartar del todo su femineidad, oponerse al hombre, suplantarlo y convertirse en hombre.
 
       Por favor, deténgase ahora un momento a pensar el efecto de estas actitudes sobre el hogar: La hostilidad de la mujer contra su marido y toda la miseria que este odio implica, es un hecho; pero el efecto sobre los niños es lo decisivo...
 
       Las actitudes inculcadas en muchas mujeres modernas desde su niñez, harían que a uno se le pongan los pelos de punta... Avergonzarse de su propio cuerpo y sexo. Tener vergüenza de la menstruación y disgusto con ella; odiarla, incluso, porque es el umbral del despertar sexual. Temer el embarazo y la niñez. Todo esto acompañado de regaños y castigos por tempranos (y naturales) sentimientos (y experimentos) sexuales. Se busca sistemáticamente la depreciación (hasta la destrucción) de la imagen del padre como un ideal para que la niña lo pueda amar o emular. En general, las mujeres de hoy aprenden muy tempranamente -y demasiado bien- a depreciar y despreciar su propia femineidad en todas sus manifestaciones importantes.
 
       La Dra. Marynia Farnham escribe: "La expresión más precisa de la infelicidad es la neurosis. La base para la mayor parte de esta infelicidad yace en el hogar infantil. Y el principal instrumento de la creación de esta infelicidad... son las mujeres."

    Tanto la mujer puritana como la feminista estaban -consciente o inconscientemente- en contra de la sexualidad femenina por considerarla una "debilidad". No es posible que la mujer sea masculina sexualmente, por tanto, respaldar el que ella debe ser exactamente igual al hombre, es igual (o peor) que anular su sexualidad.
 
       Por supuesto el feminismo como una actitud consciente hacia la sexualidad, pareció triunfar finalmente sobre el puritanismo. Sin embargo, en la actualidad, vemos el puritano canto de "no ser un «objeto sexual» sino ser valorada como persona" repetido hasta la saciedad no sólo por  las feministas, sino hasta por la mujer común.
 
       La "flapper" (descocada) de 1920 presentó la no-intencional flor de la filosofía feminista de la vida, su definición de lo que constituía la femineidad. En realidad, era una caricatura de mujer, una imitación barata y vulgar del sexo opuesto, un hombre de segunda clase. Felizmente, ella no sobrevivió como un ideal consciente, pero -por desgracia- la errada filosofía que la creó, sí sobrevivió... y aún nos daña.
 
       La depreciación de la femineidad y de sus metas -biológicas y psicológicas- se convirtió en parte integral de la educación de millones de niñas en todo el mundo. El cuidado de la casa, el tener niños y criarlos, fueron sistemáticamente despreciados. Una vida de logros masculinos suplantó la vida natural de los logros femeninos.
 
       El antagonismo feminista y puritano contra los hombres también sobrevivió... Ha pasado de madre a hija de generación en generación por tantos años que, para millones de mujeres, la hostilidad contra el sexo opuesto parece (casi) una "ley natural". Si bien algunas mujeres modernas pueden, de labios para afuera, alabar el ideal de un apasionado y productivo matrimonio con un hombre, en el fondo -en mayor o menor grado- resienten su rol y conciben al hombre como fundamentalmente hostil a ellas y como un explotador. Ellas, en lo profundo de su corazón (y muchas veces sin ni siquiera darse cuenta del hecho), desean suplantarlo e intercambiar roles con él. Y es que aprendieron esta actitud en las rodillas de su madre. Lo poco que ellas puedan aprender en contra de esto, se ve muy pronto anulado por la gran efectividad de la constante (y casi universal) repetición de estos destructivos planteos en el medio.
 
       Claramente, por tanto, si ésta es la dirección histórica que las mujeres han tomado, la mujer individual que desea convertirse en una mujer auténtica, debe cambiar esta dirección. Esto sólo lo puede hacer deteniéndose a pensar... y a pensar muy largamente. Porque entre las mujeres que la rodean no encontrará mucho (ni poco) apoyo para su deseo de volverse femenina.
 
       Por más de doscientos años, las mujeres han echado la culpa de sus problemas al mundo exterior. Han usado las dificultades -muy reales- creadas por los cambios sociales revolucionarios, para evitar la tarea de mirar dentro de sí mismas para hallar el auténtico problema y la única autentica solución. Se han concedido una orgía de autocompasión al dedicarse a señalar con el dedo a los hombres.
 
       Si los resultados hubieran sido distintos, si esta actitud les hubiera traído felicidad y un sentido de completamiento, si el feminismo y el victorianismo las hubieran hecho buenas madres y esposas felices o -incluso- las hubiera satisfecho con su nuevo lugar en la industria... tal vez todo este juego habría valido la pena. Pero, definitivamente, no lo ha valido. Este juego solamente ha traído frigidez, angustia, dolor y una tasa de divorcios que se ha disparado, así como neurosis, homosexualidad, delincuencia juvenil... La experiencia demuestra que los resultados que se obtienen cuando la mujer abandona su auténtica función de mujer... son siempre trágicos y desastrosos.
 
       El ver la propia responsabilidad en una situación es a menudo difícil, sin embargo en este problema de la frigidez, el no asumir la propia culpa es aún más difícil... por sus resultados. Significa -y ha significado ya para millones de mujeres- el cometer suicidio sexual al abrazar el aislacionismo emocional como si ésta fuera la condición adecuada para la mujer.
 
       El cambio depende del esfuerzo de cada una para reconocer tanto sus errores como su auténtico papel... de mujer.


sábado, 28 de septiembre de 2013

La Guerra De Los Sexos • 1ª Parte

Los hombres y mujeres de hoy en día se hallan pagando las duras consecuencias de una guerra generalizada que se inició hace ya más de 200 años... y aún dura. Ella es la principal destructora de hogares y la causante de la infelicidad de millones de seres humanos y el germen de esa tan generalizada sensación de angustia, incomodidad y tensión que a inicios de siglo se conocía como «el vacío vivencial» y actualmente se ha dado en llamar «stress».
Y sin embargo, esa desastrosa guerra muchas veces pasa desapercibida...


Mujer soldado
por Marie N. Robinson, M.D., Ph.D. (1958)

       Cuando uno se detiene a comparar la mujer auténticamente femenina -y sana- con la actual mujer neurótica (total o parcialmente frígida, angustiada, con "stress", etc.), ciertas preguntas nos vienen de inmediato a la mente: ¿Por qué -por ejemplo- hay tal cantidad de mujeres neuróticas hoy en día? ¿Es que millones de mujeres siempre han sido así, o es un problema de nuestra época? ¿Por qué -si el ser femenina puede ser tan agradable- tantas mujeres se aferran a sus neurosis y problemas, pudiendo llegar a solucionarlos?

       Para contestar a todas estas preguntas en forma parcial (o total), es necesario conocer primero un poco de historia, pues, a pesar de que cada caso de neurosis representa un problema psicológico a nivel individual, hemos encontrado que -sociológicamente hablando- la neurosis está enraizada en ciertos eventos destructivos que han afectado a la mujer durante los últimos doscientos años. Si logramos comprender esos eventos, comenzaremos a ver la imagen global del problema que ha sacado totalmente fuera de perspectiva a la mujer moderna, pudiendo recién distinguir cómo fue que ella perdió la dirección correcta y su sentido de ser mujer... y lo que debe hacer si desea algún día recuperarlos.

       La historia que les voy a relatar es la historia de una guerra... una guerra amarga y destructiva: La Guerra Entre Hombres Y Mujeres. Para demasiadas mujeres y hombres, aún continúa.

       Comenzó a fines del Siglo XVIII y el aparentemente inocente suceso que la inició fue la invención de la máquina de vapor, que dio paso a la era moderna. Parece difícil creer que este sistema -ya casi obsoleto- de crear poder pudiera ser tan importante... pero lo fue. Lanzó la así llamada "Revolución Industrial", que cambiaría toda la estructura de nuestra sociedad: nuestro modo de hacer las cosas, nuestro modo de vivir, la moral, la religión, el arte... ¡todo!

       Trágicamente, también cambió el hogar. Sería más exacto -si bien más desolador- el decir que destruyó el hogar; al menos, el hogar como se conocía hasta entonces. Aclaremos...

       En esa época, nuestra sociedad era -casi completamente- rural y basada en la agricultura; en otras palabras: los hogares eran granjas. Habían ciudades y algo de industria, por supuesto, pero, donde existían las industrias, éstas eran casi totalmente industrias hogareñas, manejadas por familias individuales. El hogar, entonces, era, casi sin excepción, el centro de toda la vida, tanto económica como social y educacional. Todo se producía en casa... no habían tiendas para ir a comprar nada. El hombre fabricaba hasta sus propias herramientas, siendo su propio herrero, carpintero y arquitecto, construyendo su propia casa y cuidaba de mantenerla en buen estado.

       El lugar de la mujer en este antiguo hogar familiar estaba indisputadamente en el mismo centro, como compañera fiel -a nivel con su esposo- en las múltiples responsabilidades, deberes, gozos, esperanzas, y temores del hogar. Su trabajo era pesado y constante: ella cocinaba los productos que había cultivado y cosechado con su esposo, tejía la tela, cosía las ropas para toda la familia, limpiaba, fregaba, lavaba y planchaba de la mañana a la noche.

       Los niños, en cuanto tenían la edad suficiente, aliviaban en algo sus labores; pero ella era la responsable de su educación -pues las escuelas públicas no existían aún- y ésta no consistía simplemente en leer y escribir, sino en todo lo que ella sabía de la multitud de artes, oficios y técnicas que se requerían para manejar el hogar.

       Su recompensa por todo esto era el hecho de ser necesaria, amada y tenida en la más alta estima por su esposo y por toda su familia. Si la mujer fallaba en sus deberes o moría, eso no sería meramente un evento triste o inconveniente para la familia... ¡sería un desastre!

       Y es que todas las actividades de este papel de apoyo, si bien diferentes de las del hombre, eran igualmente importantes.

       El concepto de frigidez en el matrimonio era prácticamente desconocido para la mujer de entonces... El amor, su hogar y su trabajo diario eran una experiencia unificada y profundamente satisfactoria para ella en todos los niveles. Como mujer, ella se sabía intensamente necesaria y, habiendo sido criada para ser capaz de enfrentar esta necesidad, no tenía ocasión alguna para dudar de su propio valor o habilidades.

       Entonces, lenta y deliberadamente, sus deberes y responsabilidades le fueron quitados uno a uno: su relación tan cercana con su marido fue destruida y su importancia ante sus propios hijos disminuyó dolorosamente.

       Las nuevas máquinas comenzaron a tomar el control y a desplazar todas aquellas cosas que se hacían antes a mano. El transporte se desarrolló y el comercio entre lugares que antes eran remotos el uno del otro se hizo posible. Un hombre podía ahora hacer mucho más dinero del que jamás había soñado, con sólo cubrir una necesidad de algún grupo o comunidad. Y así la industria, en el sentido en que la conocemos ahora, comenzó apresuradamente. Las fábricas brotaron y necesitaban hombres para manejarlas. Entonces los esposos, que hasta entonces habían trabajado en el hogar, al lado de sus esposas, comenzaron a trabajar fuera del hogar, desarrollando vidas independientes -hasta cierto punto- de las actividades y preocupaciones de su casa.

       El surgir de los bienes manufacturados de las fábricas, comenzó a convertir las habilidades hogareñas y las técnicas que usaba la mujer en innecesarias. Conforme el tiempo pasaba y las nuevas ideas se desarrollaban para enfrentar las nuevas condiciones creadas por las máquinas, la educación de los niños pasó del hogar a una nueva institución: la Escuela pública.

       Todo esto ocurrió lenta, muy lentamente, a lo largo de generaciones, y los resultados de la Revolución Industrial no se sintieron en toda su fuerza y alcance hasta nuestro siglo.

       Al principio, el proceso fue tan gradual que tan sólo algunas mujeres desparramadas aquí y allá, sintieron el impacto del cambio, pero, con el transcurrir de los años, el proceso se extendió y más y más familias fueron arrastradas al vértice de la industrialización y finalmente cambió las vidas de cada individuo en la tierra.

       Muy lentamente, pero en todas partes, las mujeres comenzaron a despertar de un sueño centenario de paz y felicidad para encontrarse desposeídas. Su lugar central en el hogar había desaparecido, junto con él habían desaparecido su importancia económica, su cercanía de trabajo y compañerismo con su esposo, sus funciones de profesora y guía moral de sus hijos... Hasta los mismos hijos se habían ido al colegio, tal como los esposos se habían ido antes a las fábricas y a los nuevos lugares de trabajo.

       ¡Sí! ¡Había sido desposeída! Desposeída de todas aquellas cosas que durante siglos habían definido para ella lo que era ser mujer, lo que había apoyado a su ego y le había proporcionado el conocimiento cierto de que el ser mujer, por duro que fuese, era una cosa maravillosa y deseable. Ella sentía su femineidad misma devaluada y todas las cosas que representaba dejadas de lado, como si nadie las quisiera.

       Entonces reaccionó violentamente y con cólera ante esta depreciación de sus atributos femeninos, de sus habilidades y funciones. Desgraciadamente, su reacción fue equivocada... el tipo de reacción de la cual ninguna solución feliz para ella se podía lograr.

       Al buscar el villano en el asunto, cometió el error de echarle la culpa nada menos que a su compañero a lo largo de los siglos: El hombre. Según ella, él era el que la había abandonado, el responsable por su pérdida de auto-respeto como mujer y madre, por la pérdida de su igualdad social, mental y moral. Seguramente, los hombres despreciaban a las mujeres. ¡Muy bien! ¡Ella les mostraría de lo que era capaz! Simplemente dejaría de ser mujer. Entraría a la competencia contra ellos en su propio nivel. ¡Al diablo con ser una mujer! ¡Ella sería un hombre más!

       ¿No lo cree...? ¿Le parece exagerado...? ¿Las mujeres como sexo jamás habrían tomado tal decisión? Bueno, miremos más de cerca algunos de los hechos...

       Es especialmente importante para ello el detenernos a analizar en detalle el Movimiento Feminista: Fue lanzado por Mary Wollstonecraft en 1792 -menos de treinta años después de la invención de la máquina de vapor que dio paso a la Revolución Industrial- y su poder e influencia fueron enormes... y siguen siéndolo hasta nuestros días. Ha sido el vocero auto-asignado de las mujeres por más de doscientos años y su programa de reformas ha logrado realizarse casi hasta el último detalle.

       ¿Qué era lo que el Movimiento Feminista intentaba realmente lograr? Me permito citar lo que dos profundos estudiantes del Feminismo, Ferdinand Lundberg y Marynia F. Farnham, dicen en su libro "Mujeres Modernas, El Sexo Perdido":
"Lejos de ser lo que decían ser, esto es, «un Movimiento para lograr una mayor auto-realización de la mujer», el Feminismo fue la negación misma de la femineidad. A pesar de que era hostil a los hombres y hostil a los niños, en el fondo era, por encima de todo, hostil a las mismas mujeres, ya que las llevó a cometer un suicidio como mujeres, al intentar vivir como hombres... Psicológicamente, el Feminismo tenía un único objetivo: El logro de la masculinidad en la mujer... o el mayor acercamiento posible a ello. Hasta donde -desgraciadamente- lo logró, solamente produjo un inmenso sufrimiento individual para los hombres -así como para las mismas mujeres- y mucho caos social."
       ¿Cuál era entonces el Programa de las feministas? De hecho Mary Wollstonecraft lo había enunciado en forma completa en su libro "Una Vindicación de los Derechos de la Mujer" y el Movimiento Feminista jamás se desvió de sus demandas originales: Ella afirmaba que hombres y mujeres eran idénticos en todas sus características fundamentales y que, por tanto, las mujeres debían recibir la misma educación que los hombres, ser gobernadas por las mismas pautas morales, hacer el mismo trabajo y tener idénticos derechos y deberes políticos. Las mujeres debían ser tratadas exactamente como los hombres en cada detalle de la vida y se les podía hacer las mismas demandas que a ellos en todos los campos y aspectos.

       El atractivo de este programa fue enorme. La mujer del Siglo XIX se dijo: "¡Ah! Si tan sólo pudiéramos lograr esto, entonces podríamos volver a ser felices una vez más". El hecho -y es tristemente sencillo comprobarlo- es que ahora todo el programa se ha logrado realizar... pero la mujer moderna, habiendo cosechado sus "beneficios" en forma plena, está más confundida y, probablemente, mucho más infeliz que antes.


Continuará...